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Hay rutas que incomodan. Hay rutas que asustan. Y luego está el Camino de la Muerte en Bolivia, una cicatriz de tierra y grava tallada en la montaña que durante décadas fue, literalmente, la carretera más peligrosa del planeta.

Un camino construido por prisioneros de guerra

La historia empieza en los años 30, cuando Bolivia salía de la Guerra del Chaco con Paraguay. Los prisioneros capturados no fueron enviados a casa: fueron enviados a la montaña, con picos y sin maquinaria, a abrir un camino entre La Paz y la localidad de Coroico, en la región de los Yungas. El resultado fue una ruta de tierra de un solo carril, con apenas 3 metros de ancho en sus tramos más estrechos, que serpentea durante 80 kilómetros sobre precipicios de más de 600 metros. Sin asfalto. Sin barandas. Sin margen para el error.

Los números que explican el apodo

Durante décadas, el Camino de la Muerte fue la única conexión terrestre entre La Paz y el norte del país. Camiones cargados, buses repletos de pasajeros y autos particulares lo usaban a diario, cruzándose en tramos donde apenas cabía un vehículo, con el vacío a centímetros de las ruedas.

El promedio llegó a ser de 200 a 300 muertos por año. No era una estadística: era una masacre silenciosa en las alturas bolivianas. En 1995, el Banco Interamericano de Desarrollo lo declaró oficialmente el camino más peligroso del mundo. En uno de los accidentes más recordados, en 1983, un camión con más de cien personas a bordo cayó al precipicio. En las curvas más temidas, pequeñas cruces clavadas en la tierra siguen recordando dónde terminó la historia de alguien.

Las reglas al revés

Una de las particularidades más extrañas del Camino de la Muerte era su sentido de circulación: al revés del resto de Bolivia, los vehículos transitaban por el lado izquierdo de la vía. La razón era brutal pero lógica. El conductor que iba por el borde exterior, el que daba al precipicio, necesitaba ver exactamente dónde quedaban sus ruedas. Un centímetro de más y no había retorno. Conducir por la izquierda era la única manera de tener esa visibilidad.

Aun así, en promedio 26 vehículos caían al vacío cada año.

La solución llegó en 2007

Después de décadas de reclamos, en 2007 se inauguró una nueva carretera asfaltada en la ladera opuesta del valle, con barandas, doble carril y señalética. El tráfico vehicular cayó un 90% de un día para el otro. El Camino de la Muerte quedó oficialmente retirado.

Pero no desapareció.

Hoy la gente paga para recorrerlo

Lo que antes mataba conductores, hoy atrae turistas de todo el mundo. Decenas de agencias de aventura operan desde La Paz tours diarios para descender el Camino de la Muerte en bicicleta de montaña. El recorrido baja casi 3.600 metros de altitud en 50 kilómetros, entre niebla, cataratas que caen directamente sobre la calzada y vistas que cortan el aliento, en más de un sentido.

Los nombres de las agencias lo dicen todo: Madness, Vertigo, Barracuda, Black Widow. Cada día, cientos de turistas, en su mayoría jóvenes extranjeros, firman formularios de indemnización y se lanzan cuesta abajo. Los bolivianos que vivieron la época del tráfico pesado los miran pasar y siempre tienen la misma reacción: sacudir la cabeza.

El Camino de la Muerte dejó de matar por necesidad. Ahora la gente va a buscarlo por elección.